RC - 2012-08-16
Un hombre que fue abusado por un cura cuando era niño hace de su dolor una lucha



Se trata de Sebastián Cuattromo, quien cuando cursaba séptimo grado en el Colegio Marianista del barrio porteño de Caballito fue abusado por un religioso, que será juzgado desde el martes próximo.

“Desde el primer momento lo que busqué con mi denuncia era encontrarle un sentido que trascendiera lo estrictamente individual”, afirmó a Télam Cuattromo, que hoy tiene 36 años.

 

Y recordó: “Cuando diez años después yo pude asumir lo grave que había sido lo que me pasó, pensé que el mío no era un caso aislado. Entonces me convencí de que había que dar una pelea, brindar el testimonio y poner el cuerpo”.

Los hechos de abuso ocurrieron en 1989, cuando cursaba el último año de la primaria, y fueron perpetrados por Fernando Enrique Picciochi, quien era entonces religioso de la orden y docente del colegio.

Recién en el año 2000, Sebastián junto a otro compañero, que también fue abusado por Picciochi, realizaron una denuncia ante la justicia que determinó el procesamiento del abusador, quien se fugó a Estados Unidos pero pudo ser extraditado diez años después y a partir del martes enfrentará el juicio oral y público.

-¿Qué pasó durante esa década entre que sucedieron los abusos e hiciste la denuncia?

-Fueron diez años de silencio absoluto. No pude ponerlo en palabras ni compartirlo con nadie. Atravesé momentos muy malos donde sentía la carga de la culpa, me auto-responsabilizaba por lo que había pasado, sentía una vergüenza muy grande por haber sido víctima de abuso como varón de parte de otro varón, que era adulto, docente y que ocupaba un rol de autoridad, o sea en un marco de una desigualdad de relación muy grande, pero también en el contexto de aquel colegio marianista de varones con toda la carga patriarcal y machista que uno se pueda imaginar.

-¿Por qué guardabas ese silencio?

-Creo que influyó mucho mi permanencia en el colegio porque terminé la secundaria en el Colegio Marianista, con una marca educativa muy fuerte en cuanto a lo autoritario, lo represivo, lo inhibitorio. También tengo una casa donde para este tipo de cuestiones siempre fueron cerrados, no así en otros temas sociales o políticos. Luego había un contexto social particular porque fue la época en la que estalló el escándalo de Héctor Veira y yo era muy futbolero y de San Lorenzo e iba mucho a la cancha. Y recuerdo que estaba en una hinchada donde miles de personas se dedicaban a reivindicar a Veira mientras que los de la hinchada rival se burlaban del asunto, pero todos banalizaban el hecho. Además, yo tenía internalizado estos conceptos machistas asociando mi comportamiento con la debilidad, porque yo no había sido un varón que se comportara de acuerdo con lo que es esperable del modelo en el que había sido formado y educado. Se suponía que yo debía haber respondido a las trompadas, agrediendo al abusador. Y todo eso operaba sobre mi silencio.

-¿Cuándo pudiste comenzar a hablar del tema?

-Una vez que terminé el colegio, en 1994, comencé a tomar distancia de ese mundillo cerrado, y, por suerte, desde mi adolescencia yo había comenzado a desarrollar otros espacios de pertenencia y eso me fue ayudando a incrementar la distancia.

Uno comienza a desenvolverse en otros ambientes de estudio y de trabajo y esa apertura fue paulatinamente contribuyendo a que llegue un momento donde no sólo pude poner en palabras lo sucedido sino a visualizarlo como una gran injusticia, como una situación de una notable desigualdad. Pero además había en el colegio múltiples formas de violencia y malos tratos.

-¿Qué otras formas de violencia recordás?

-En un momento mi grupo tuvo que enfrentar un juicio delante de todos los alumnos de mi grado por un problema que habíamos tenido con otros compañeros y que había llegado a oídos de las autoridades. Allí nos sometieron al dedo acusador del resto que nos echaron en cara todas las fechorías que hacíamos, que eran iguales al resto. Pero el tema central fue que después de eso quedamos marcados, fuimos marginados por el resto del grupo y pesaba sobre nosotros la amenaza de expulsión, lo cual era terrible en aquel momento. Argumento que, a la vez, fue utilizado por nuestro abusador quien nos decía que si nos portábamos bien él iba a hacer un buen informe sobre nosotros.

También estalló hacia mitad de año un escándalo porque había unos chicos que se masturbaban en clases. Para afrontar esta situación traen a una psicóloga que era madre de un compañero, a un catequista y a otro padre de un compañero que era médico de la policía y hace una clase de emergencia sobre educación sexual que fue un desastre. Y esa clase termina con el docente a cargo, que hoy es el director de la primaria y que va a ser testigo en mi juicio por ambas partes, que nos cita uno por uno a la dirección y nos pregunta si nos tocábamos los genitales, qué pensábamos cuándo lo hacíamos, etcétera.

-Una vez que pudiste ponerlo en palabras decidís hacer la denuncia…

-Sí, pero además la intención de hacer de esto una lucha colectiva está presente desde el momento mismo en el que me decido a ir a la justicia. Es una militancia. Lo que busqué desde el primer momento era encontrarle sentidos que trascendieran lo estrictamente individual. Y por suerte al calor de las luchas y de las transformaciones sociales que se vienen dando uno encuentra espacios muy concretos desde donde poder dar ese aporte a lo colectivo.

-¿Cuáles son esos aportes que te propusiste dar?

-Son ultramodestos, pero me propuse hacer todo lo público posible este juicio, que no pase desapercibido, que no pase desapercibida la condena que esperamos obtener y, ante la posibilidad de cada contacto que yo pueda tener por esta historia individual hablar de cosas más generales, porque más allá de estos casos hoy en día también se producen daños cuando -por ejemplo- se escamotea el derecho a recibir una educación sexual integral como lo establece la Ley de Educación Sexual Integral.


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