Se trata de Sebastián Cuattromo, quien cuando cursaba séptimo grado en el Colegio Marianista del barrio porteño de Caballito fue abusado por un religioso, que será juzgado desde el martes próximo.
“Desde
el primer momento lo que busqué con mi denuncia era encontrarle un
sentido que trascendiera lo estrictamente individual”, afirmó a
Télam Cuattromo, que hoy tiene 36 años.
Y recordó: “Cuando diez años después yo pude asumir lo grave que
había sido lo que me pasó, pensé que el mío no era un caso aislado.
Entonces me convencí de que había que dar una pelea, brindar el
testimonio y poner el cuerpo”.
Los hechos de abuso ocurrieron en 1989, cuando cursaba el último año
de la primaria, y fueron perpetrados por Fernando Enrique Picciochi,
quien era entonces religioso de la orden y docente del colegio.
Recién en el año 2000, Sebastián junto a otro compañero, que también
fue abusado por Picciochi, realizaron una denuncia ante la justicia que
determinó el procesamiento del abusador, quien se fugó a Estados Unidos
pero pudo ser extraditado diez años después y a partir del martes
enfrentará el juicio oral y público.
-¿Qué pasó durante esa década entre que sucedieron los abusos e hiciste la denuncia?
-Fueron diez años de silencio absoluto. No pude ponerlo en palabras
ni compartirlo con nadie. Atravesé momentos muy malos donde sentía la
carga de la culpa, me auto-responsabilizaba por lo que había pasado,
sentía una vergüenza muy grande por haber sido víctima de abuso como
varón de parte de otro varón, que era adulto, docente y que ocupaba un
rol de autoridad, o sea en un marco de una desigualdad de relación muy
grande, pero también en el contexto de aquel colegio marianista de
varones con toda la carga patriarcal y machista que uno se pueda
imaginar.
-¿Por qué guardabas ese silencio?
-Creo que influyó mucho mi permanencia en el colegio porque terminé
la secundaria en el Colegio Marianista, con una marca educativa muy
fuerte en cuanto a lo autoritario, lo represivo, lo inhibitorio. También
tengo una casa donde para este tipo de cuestiones siempre fueron
cerrados, no así en otros temas sociales o políticos. Luego había un
contexto social particular porque fue la época en la que estalló el
escándalo de Héctor Veira y yo era muy futbolero y de San Lorenzo e iba
mucho a la cancha. Y recuerdo que estaba en una hinchada donde miles de
personas se dedicaban a reivindicar a Veira mientras que los de la
hinchada rival se burlaban del asunto, pero todos banalizaban el hecho.
Además, yo tenía internalizado estos conceptos machistas asociando mi
comportamiento con la debilidad, porque yo no había sido un varón que se
comportara de acuerdo con lo que es esperable del modelo en el que
había sido formado y educado. Se suponía que yo debía haber respondido a
las trompadas, agrediendo al abusador. Y todo eso operaba sobre mi
silencio.
-¿Cuándo pudiste comenzar a hablar del tema?
-Una vez que terminé el colegio, en 1994, comencé a tomar distancia
de ese mundillo cerrado, y, por suerte, desde mi adolescencia yo había
comenzado a desarrollar otros espacios de pertenencia y eso me fue
ayudando a incrementar la distancia.
Uno comienza a desenvolverse en otros ambientes de estudio y de
trabajo y esa apertura fue paulatinamente contribuyendo a que llegue un
momento donde no sólo pude poner en palabras lo sucedido sino a
visualizarlo como una gran injusticia, como una situación de una notable
desigualdad. Pero además había en el colegio múltiples formas de
violencia y malos tratos.
-¿Qué otras formas de violencia recordás?
-En un momento mi grupo tuvo que enfrentar un juicio delante de todos
los alumnos de mi grado por un problema que habíamos tenido con otros
compañeros y que había llegado a oídos de las autoridades. Allí nos
sometieron al dedo acusador del resto que nos echaron en cara todas las
fechorías que hacíamos, que eran iguales al resto. Pero el tema central
fue que después de eso quedamos marcados, fuimos marginados por el resto
del grupo y pesaba sobre nosotros la amenaza de expulsión, lo cual era
terrible en aquel momento. Argumento que, a la vez, fue utilizado por
nuestro abusador quien nos decía que si nos portábamos bien él iba a
hacer un buen informe sobre nosotros.
También estalló hacia mitad de año un escándalo porque había unos
chicos que se masturbaban en clases. Para afrontar esta situación traen a
una psicóloga que era madre de un compañero, a un catequista y a otro
padre de un compañero que era médico de la policía y hace una clase de
emergencia sobre educación sexual que fue un desastre. Y esa clase
termina con el docente a cargo, que hoy es el director de la primaria y
que va a ser testigo en mi juicio por ambas partes, que nos cita uno por
uno a la dirección y nos pregunta si nos tocábamos los genitales, qué
pensábamos cuándo lo hacíamos, etcétera.
-Una vez que pudiste ponerlo en palabras decidís hacer la denuncia…
-Sí, pero además la intención de hacer de esto una lucha colectiva
está presente desde el momento mismo en el que me decido a ir a la
justicia. Es una militancia. Lo que busqué desde el primer momento era
encontrarle sentidos que trascendieran lo estrictamente individual. Y
por suerte al calor de las luchas y de las transformaciones sociales que
se vienen dando uno encuentra espacios muy concretos desde donde poder
dar ese aporte a lo colectivo.
-¿Cuáles son esos aportes que te propusiste dar?
-Son ultramodestos, pero me propuse hacer todo lo público posible
este juicio, que no pase desapercibido, que no pase desapercibida la
condena que esperamos obtener y, ante la posibilidad de cada contacto
que yo pueda tener por esta historia individual hablar de cosas más
generales, porque más allá de estos casos hoy en día también se producen
daños cuando -por ejemplo- se escamotea el derecho a recibir una
educación sexual integral como lo establece la Ley de Educación Sexual
Integral.